Nuestro oasis

2

Suena el despertador, esta vez para recordarme que no había dormido nada. Jaime había pasado mala noche, se había levantado continuamente, estaba nervioso y no paraba de andar por la casa. Ahora dormía plácidamente. Me quedé mirando esa cara, relajada, sin signos de esa enfermedad cruel que se ceñía sobre él.
Levantarse, recoger la casa, desayunar, arreglarme, y a trabajar…rutina maldita y bendita rutina. Antes de salir, Ana llamó a la puerta. Jaime ya no podía quedarse solo y ella venía a cuidarle.

Llegué al trabajo y me sumergí en él, intentando olvidar la presión que sentía en mi pecho. Sonó el teléfono, era Ana…dos segundos bastaron para salir corriendo sin dar explicaciones…20 minutos que se hicieron eternos. Llegué a casa y allí estaba, el amor de mi vida, la persona con la que había compartido tantos años, con la mirada perdida y una brecha en la cabeza. En el hospital, miradas de compasión, tristeza o incomprensión cuando Jaime se ponía a chillar o a andar por el pasillo sin rumbo. Estaba totalmente perdido y solo parecía encontrar algo familiar cuando se centraba en mis ojos.

El neurólogo nos confirmó lo que todos ya sabíamos, había empeorado y no había nada que pudiéramos hacer. El Alzheimer precoz no tiene compasión y avanza tan rápido que no tienes tiempo de asimilar los cambios a los que se enfrenta esa persona a la que quieres con toda tu alma.

De regreso a casa una idea rondaba mi mente… sin pensarlo mucho cogí el móvil, un par de llamadas y listo. Cuando llegamos a casa me puse a hacer las maletas. Jaime me miraba sin comprender y preguntó ¿Te vas? No cariño, nos vamos todos a nuestro oasis… Al día siguiente nuestros hijos pasaron a buscarnos. Una calma tensa invadía el coche. Todos estábamos abrumados, tristes y con una sensación de impotencia tan grande que no había palabras para definirla. Jaime pasó el viaje apoyado en mi pecho, tranquilo, cómo
un bebé que se encuentra a salvo. El coche se detuvo, habíamos llegado. Jaime levantó la cabeza y miró alrededor. Se centró en el gran cartel del Hotel PlayaBallena, miró hacia el bar, luego la tienda, y comenzó a avanzar por el pasillo que llevaba a la recepción del hotel donde habíamos pasado las vacaciones durante tantos años…

Jaime estaba inquieto, miraba a todos lados, nervioso…pasamos por la gran jaula donde tienen esos hermosos pájaros y se acercó…. ¡Hola bonitos! Estamos de vuelta y vosotros tan chulos como siempre! Avanzó decidido hasta la recepción del hotel, algo en sus ojos había cambiado, me miró sonriente y me preguntó… ¿tú te encargas? De pronto su sonrisa de niño travieso apareció, miró a sus hijos y les dijo… ¡TONTO EL ÚLTIMO! y salió corriendo hacia la piscina… No me lo podía creer, miré a Javier y Álvaro que estaban tan atónitos como yo, observando de nuevo una escena que su padre había hecho los últimos años y que cuando eran adolescentes les hacía morirse de la vergüenza. Se miraron y sin pensárselo dos veces salieron corriendo detrás de él.

Cuándo llegué a la piscina allí estaban los tres, salpicándose y riendo, cómo si los años no hubieran pasado. Al rato Jaime se acercó a mí y me susurró… «nuestro oasis…» observando todo lo que le rodeaba. Poco a poco notaba cómo su mente se iba alejando de nuevo de nosotros, pero él estaba más tranquilo y sonreía sin parar. Quizá en ese mundo que le atrapaba también se podía ver la espectacular puesta de sol que contemplamos tantas veces desde la playa del hotel. Fueron días maravillosos, no volvió a tener la lucidez del primer momento, pero estaba tranquilo, relajado, feliz.

-Almudena F.

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