
Desde que tengo memoria, cada verano ha estado marcado por una constante en mi vida: nuestras vacaciones en el Playaballena. Mis padres me llevaron por primera vez cuando tenía apenas 6 años, y desde ese momento, el hotel se convirtió en mi rincón favorito del mundo. Pero el Playaballena no solo era sinónimo de sol, mar y diversión, también era donde cada año formaba un lazo especial con personas que, como yo, volvían verano tras verano.
Eran mis «amigos del verano«. Cada año, con la llegada del calor, la emoción me invadía al pensar si volvería a verlos. La incertidumbre siempre estaba presente, ya que siendo tan pequeña, no tenía manera de mantener contacto con ellos fuera de esos días dorados. ¿Nos volveríamos a encontrar? ¿Seguirían recordándome? Esos pensamientos me acompañaban durante el resto del año, hasta que, con el paso de los meses, nuevamente nos encontrábamos en el mismo lugar, como si el tiempo no hubiera pasado.
Cada verano se convirtió en una nueva aventura. Jugar en la playa, explorar cada rincón del hotel, compartir secretos bajo la luz de las estrellas. Pero mis recuerdos del PlayaBallena no se limitan solo a mis amigos. El personal del hotel también ha sido una parte fundamental de mi experiencia. Desde las primeras veces que cuidaron de mí en el Miniclub o me enseñaban los bailes del verano, hasta los días actuales, ellos me han visto crecer, año tras año.
Con el tiempo, empecé a notar que no era solo una huésped más para ellos. Me llamaban por mi nombre, recordaban mis gustos y preferencias, y siempre se aseguraban de que me sintiera como en casa. Sus sonrisas y amabilidad han sido parte de mis veranos tanto como la arena y el mar. Ellos han sido testigos de mi crecimiento, de cómo pasé de ser una niña traviesa a la joven que soy hoy. Y, de alguna manera, también siento que he sido testigo de sus vidas, viendo cómo un empleado pasa de ser un desconocido a alguien con quien intercambias historias y risas.
Hoy, a mis 21 años, sigo en contacto con muchos de mis amigos del verano. Es increíble cómo, a pesar de la distancia y el tiempo, nos seguimos apoyando, celebrando nuestros éxitos y acompañándonos en los momentos difíciles. Pero también, cada vez que regreso al Playaballena, siento la calidez familiar de quienes me han visto crecer dentro de esos muros, el personal que me recuerda con cariño y que hace que cada regreso sea un poco como volver a casa.
Así que, cuando pienso en Playaballena, no solo recuerdo la brisa marina o el sonido de las olas, sino a esas personas que, durante una década, hicieron de cada verano algo especial. Personas que me enseñaron que las mejores amistades no siempre se forjan en la cercanía diaria, sino en los momentos compartidos que perduran más allá de una temporada, y que la verdadera hospitalidad se siente cuando te reciben con una sonrisa que ha crecido contigo.
-Laura R.