
Habíamos decidido tomarnos un merecido descanso, así que reservamos un fin de semana en EL Hotel Playazimbali de la prestigiosa Cadena de Hoteles Senator Hotels & Resort, conocido por ser pet-friendly. A Tito, mi Jack Russell, le brillaron los ojos cuando vio que la maleta estaba lista y comprendió que íbamos a una nueva aventura.
Llegamos al hotel en una tarde soleada, y el personal nos recibió con una sonrisa cálida. Tito, como siempre, captó rápidamente la atención de todos. Nos asignaron la habitación 217, una amplia estancia en la última planta, con una terraza que ofrecía una vista impresionante del mar. Tito, emocionado, corrió de un lado a otro, olisqueando cada rincón como si quisiera asegurarse de que todo estaba en orden.
Después de deshacer las maletas, decidí llevar a Tito a dar un paseo por los jardines del hotel. Los setos perfectamente recortados y las fuentes que adornaban el lugar nos hicieron sentir en un oasis. Pero había algo extraño en la forma en que Tito, siempre curioso, se detenía en ciertos lugares y miraba hacia la habitación con desconfianza.
Esa noche, mientras me acomodaba en la cama, Tito comenzó a comportarse de manera extraña. Se quedó mirando fijamente la puerta del balcón, sus orejas erguidas y su cuerpo en tensión. De repente, se levantó y comenzó a ladrar sin razón aparente. Traté de calmarlo, pero Tito estaba decidido. Se paró frente a la puerta, gruñendo bajo, como si algo o alguien estuviera al otro lado.
Me acerqué al balcón, abrí la puerta y no vi nada. Solo la brisa del mar y la luna llena iluminando la costa. Intenté tranquilizar a Tito, diciéndole que no había nada, pero él no parecía convencido. Finalmente, se tumbó en la cama conmigo, aunque sus ojos no dejaban de vigilar la puerta.
A la mañana siguiente, comenté el incidente con uno de los empleados del hotel, quien, sorprendido, me confesó que la habitación 217 tenía una historia peculiar. Años atrás, un huésped solía alojarse allí con su perro, un Golden Retriever llamado Max. Según la historia, el perro desapareció misteriosamente una noche mientras su dueño dormía. Desde entonces, algunos huéspedes habían reportado comportamientos extraños en sus mascotas cuando se alojaban en esa habitación.
Intrigada, decidí pasar la última noche en el hotel, aunque me aseguré de cerrar bien la puerta del balcón. Esa noche, Tito volvió a comportarse de manera inquieta, pero esta vez, en lugar de ladrar, se quedó quieto mirando hacia la terraza. Sentí un escalofrío recorriéndome la espalda.
Al amanecer, antes de irnos, llevé a Tito al jardín una vez más. Allí, en uno de los rincones más apartados, Tito comenzó a cavar desesperadamente. Lo dejé hacer, y para mi sorpresa, desenterró un viejo collar de perro, desgastado por el tiempo. La placa tenía un nombre grabado: «Max».
Acaricié a Tito, agradecida por haberme permitido ser parte de este pequeño misterio. Dejé el collar en la recepción antes de partir, con la esperanza de que, de alguna manera, el espíritu de Max finalmente pudiera descansar en paz. Mientras nos alejábamos, Tito me miró con esos ojos llenos de sabiduría canina, como si supiera que habíamos hecho algo bueno.
De regreso a casa, pensé en la experiencia y en cómo Tito, con su instinto y valentía, me había ayudado a desentrañar un pequeño misterio del Playazimbali. Quizás, la próxima vez que alguien se aloje en la habitación 217, ya no sienta esa inquietud, porque Max y Tito habrían hecho las paces.
-Estefanía C.