El tesoro

8

Despertamos en medio de un vasto paisaje de bosques de pino en Huelva. Desde nuestra terraza, contemplábamos un paisaje de ensueño, donde la Punta del Gato separaba la desembocadura del Río Piedras del mar.
– ¡Papá! ¡Los toboganes! ¡Tenemos que bajar ya! – dijo Paloma con una energía desbordante.
– Ten paciencia, amor. No se los van a llevar – le contesté intentando moderar su habitual explosión mañanera.

La pequeña Paloma acostumbraba a saltar de la cama nada más abrir sus ojos. Tenía el cabello castaño rojizo cuyo brillo resaltaba con la luz del sur. Sus ojos, de un azul profundo, parecían contener todo el mundo, llenos de curiosidad y admiración por todo lo que se le presentara.

Desayunamos juntos, rápido, como si el mundo fuera a desvanecerse en minutos. Paloma corrió hacia la piscina, buscando las escaleras que la llevaran a disfrutar de una vertiginosa bajada de tobogán. En ese momento, una voz que sonaba a través de unos altavoces hizo que su carrera parara en seco.
– ¡Vamos, familia! ¡Acercaos! ¡Ayudadme a buscar el tesoro! ¿No lo sabíais? Hay un tesoro escondido en este hotel y nadie nunca ha llegado a encontrarlo a pesar de que descubrimos que hay pistas repartidas por el hotel – exclamó Rocío, una animadora de preciosos ojos avellana y cabello rizado, a través del micrófono.
– ¡Un tesoro! ¡Papá! ¡Un tesoro! – gritó Paloma con emoción.
– Deberías buscarlo… ¿te imaginas encontrarlo? – respondí a su entusiasmo alimentando su esperanza, por la alegría de imaginar que la actividad me permitiría descansar de la intensidad de la vida familiar.
– ¡Volveré con él! – aseguró Paloma mientras desaparecía entre la gente y las hamacas.

Elegí cuidadosamente el rincón en el que descansaría esa mañana. La piscina, reflejaba el sol y la sombra de las palmeras y los pinos. . Los jardines, cuidados con mimo y dedicación, eran un oasis verde donde el tiempo parece detenerse. Decidí descansar en ese oasis toda la mañana, con la compañía de mi libro.

Inicialmente las conversaciones del entorno arrebataron parte de mi atención, aunque pronto mi libro y el olor de sus páginas de papel fueron absorbiéndome hasta abstraerme por completo de lo que sucedía a mi alrededor.

– ¡Papá, papá, papá…! – la voz ahora apagada de Paloma rompió la calma y explotó súbitamente la burbuja en la que me encontraba.
– ¿Qué pasa, mi vida? – pregunté preocupado.
– No he encontrado el tesoro… lo ha encontrado otra niña. Me he quedado sin nada – hablaba decepcionada y triste.
– Eso no es cierto: no te has quedado sin nada. Has vivido una aventura y esto solo acaba de empezar. Tú y yo estamos aquí y vamos a disfrutar muchísimo juntos. Y, ¿sabes qué? No hay mayor tesoro que ese.
– Tienes razón, papá. ¡La aventura solo acaba de empezar! – respondió- ¡Mira, mira…! ¡Están poniendo música! – volvió a ilusionarse cuando Rocío encendió de nuevo su altavoz.

«Yo tengo un tic.. tic, tic» se escuchaba en el borde de la piscina. La alegría volvió a inundar el espacio. El tiempo volvió a detenerse en el hotel PlayaCartaya. Los preciosos ojos de Paloma abiertos de par en par me volvieron a buscar y solo pude devolverle mi mejor sonrisa.

-Unai G.

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