¿Quién sabe?

Aún dudaba de la decisión tomada, ahí estaba de pie frente al mostrador del Hotel Playaballena, como años atrás había hecho con Andrea y Julián. Una oleada de sentimientos le embargó mientras veía a los niños correr por el vestíbulo, mientras se le empañaban los ojos recordando momentos vividos. Habían pasado 5 años desde la tragedia vivida y el dolor seguía estando presente. Es verdad que, con la ayuda de Silvia, su terapeuta, poco a poco había aprendido a gestionar el dolor y era capaz de hablar de lo sucedido aquel día, pero seguía siendo incapaz de seguir adelante.

Llegar al hotel favorito de su hija Andrea, era otro paso más para subir otro peldaño. Ver a Delfi, rodeado de niños, sabía que le iba a transportar a momentos entrañables de su vida y no sabía si estaba preparada para ello. Era el momento, tenía que intentarlo, aunque su corazón no dejaba de enviarle señales de ansiedad, no lo iba a permitir, esta vez no. Tenía que intentarlo, sólo iba a ser un fin de semana, pero sabía que las horas iban a ser con un reloj detenido en el tiempo.

La sonrisa del recepcionista y la amabilidad que desprendía hizo que su llegada fuera más acogedora. Ya estaba allí. Mientras subía por el ascensor, el bullicio de niños no cesaba…todos estaban hiperactivos, corrían para llegar a los toboganes y se les escuchaba hablar del Delfi club. Cuántas horas pasó Andrea jugando al ajedrez, pintando y cantando mientras ella y Julián tomaban un aperitivo en el bar de la piscina, cuanta paz y tranquilidad vivida, cuanta tristeza acumulada.

Como en todos los hoteles de esta cadena, la playa estaba a muy poca distancia. La ubicación era idónea. Enseguida notó la brisa marina y eso la trajo paz e hizo que sus pulsaciones descendieran. El agua del mar mojaba sus pies como tantos años lo habían hecho, estaba de vuelta, pero esta vez sola. Necesitaba sentir esa sensación, necesitaba mirar al frente y ver el cielo despejado, necesitaba despedirse de Andrea para poder seguir viviendo…aunque sabía que eso era imposible.

Al llega al comedor, un nudo en el estómago la invadió, pero se negó a que su ansiedad controlara su vida, lo tenía claro, esta vez no iba a ocurrir. Como siempre, una gran variedad de posibilidades hacía más apetecible comer…esta vez se inclinó por el salmorejo. Recordaba que este plato siempre estaba presente en sus anteriores visitas, le gustaba mucho esa cremosidad que conseguían al prepararlo. Hasta ahora no lo había probado mejor. Cuando estaba echándose unos taquitos de jamón por encima, notó una sensación de ansiedad: el pulso se le disparó, los sudores llegaron, los mareos empezaron a adueñarse de ella…haciéndole tirar lo que llevaba en las manos en ese momento. Un ruido de platos cayéndose, forjaron que se volvieran a mirarla. Pronto se vio sumergida en un sueño en el que oía voces y veía caras preguntando por su estado. Otra vez, había perdido el conocimiento por un ataque de ansiedad.

Al volver en sí, ya no había tanto ruido, si no gente preocupándose por su estado. No le salían las palabras aún. Necesitaba su tiempo para que todo volviera a la normalidad. En la solapa de la camisa, el nombre de Eva se leía con facilidad, estaba a su lado, dándole tranquilidad con su voz calmada y preocupada por su estado en todo momento. Notaba su mano cálida cerca de ella mientras la ansiedad dejaba paso al estado de tranquilidad.

Una vez calmada, agradeció la inquietud a los presentes y decidió volver a la habitación. De repente, una voz firme hizo que se volviera. Su negativa a que estuviera sola y que la reconociera el médico del hotel se impuso a todo lo demás. Ella intentó explicarle que sólo había sido eso…un desmayo, pero con rotundidad hizo pasar al médico.

Hecha la exploración básica y viendo que su rostro empezaba a tomar color fue cuando se presentó. Lucas, como responsable en esos momentos de los huéspedes del hotel, su preocupación hizo que pasara a ser su prioridad. Por ello, insistió en que hoy comería con él. A pesar de que no tenía apetito, sabía que debía de comer algo.

La velada resultó agradable, apartados del bullicio y con la brisa del mar envolviendo su rostro. Poco a poco abandonó ese estado de rigidez para pasar a la tranquilidad. La voz duce de Lucas contribuyeron a mejorar su día, postre incluido. Poco habló durante ese tiempo, se limitó a escucharle durante las conversaciones banales que les precedieron. No pudo evitar compararlo con Julián, su exmarido, recordando las primeras citas donde su tartamudeo se adueñó de esas primeras conversaciones. Pero eso fue hace mucho, mucho antes de todo lo sucedido. Mucho antes que su vida se partiera en dos con el fallecimiento de Andrea sin avisar, sin despedirse, sin arroparla. Se fue como vino al mundo…sin quejarse, pero dejando constancia de esa personalidad abrumadora que tenía. Un día con 7 años, sus ojos no volvieron a abrirse, el tumor se la llevó sin avisar.

Agradeciendo el tiempo prestado por Lucas, su amabilidad y disponibilidad se levantó en dirección a su habitación. Allí pudo descansar, agarrada al peluche que le habían dejado en la habitación, durmió como hacía tiempo que no lo hacía…en paz.

La noche se asomaba y tocaba flamenco, se obligó a arreglarse un poco y bajar a tomar un café mientras disfrutaba del espectáculo bajo los focos de luces multicolores.  La música estaba en su auge cuando Lucas se sentó a su lado, no sabía por qué, pero su presencia la daba tranquilidad…charlaron con las palmas de fondo.

El tiempo pasó muy deprisa para ambos, ella se sintió culpable por habérselo pasado bien y Julián con miedo de no volver a ver aquella chica con ojos tristes en la que no dejaba de pensar. Era media noche cuando las luces se apagaron, y el espectáculo terminó. Lucas no sabía cómo continuar con su presencia cuando ella dijo que era tarde que debería volver a su habitación.

Fue tras de ella y en una servilleta anoto su teléfono. Se la dio…llámame quizás mañanas pueda ser un día bueno para pasear por la playa. Le miró con timidez, pero continuo su marcha…en un momento dado se dio la vuelta y le dijo creo que a las 09:00 puede ser un bueno momento para sentir la brisa del mar. Lucas sonrió y dijo… quizás sea un bueno momento o quizás no, pero yo allí estaré y te esperaré.

-Silvia M.

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