
Ser una cuarentañera en un pueblo de interior, trabajadora y madre de dos hijos hiperactivos, no es fácil. Y en verano no iba a ser menos. Campamentos deportivos para conciliar y tardes de fútbol y piscina para conseguir bajar sus revoluciones no son suficientes para que se acuesten a una hora temprana. Y como tienen un reloj interno que no les deja despertarse más allá de las 8:00 ni en fin de semana, este domingo se le ha ocurrido, al también padre cuarentañero, ir a un pueblo cercano, no más de 10 minutos en coche, donde han instalado un parque con toboganes gigantes y varios circuitos para bicicletas y patines. A los niños les ha parecido una idea tan genial que son las 8 de la mañana de un domingo de agosto que se espera tórrido y ya estamos montados en el coche. Mi cerebro desconectó a la 5° vez que escuché «pero mami, ¿tú te vas a tirar?» cuando a la 1° ya había contestado que no, que me mareo.
Pero 10 minutos dan para mucho y aquí estoy, en lo alto de un tobogán azul después de haber subido a un tercer o cuarto piso. A mí derecha un tobogán rojo sin vista al exterior con varios giros. A mí izquierda, uno amarillo similar al rojo pero al descubierto. No me queda otra que el azul, al menos es recto.
– Avisa cuando te tires para grabarlo – escucho desde abajo.
Es mi turno. Levanto la mano para decirles que ya voy. Me siento en la punta de arriba del inmenso tobogán y me pregunto si no me estamparé contra el suelo.
«3, 2, 1, allá voy» y me dejó caer. Apenas puedo abrir los ojos y siento como a mitad de camino empieza a caer agua en mi rostro.
¡Plaf! La tierra se ablanda y se humedece. Abro los ojos y mi marido, en bañador, me grita «tírate otra vez que le he dado a la foto en vez de al vídeo»
Reacciono y resoplo. «¿En serio?»
Desde el agua cálida de la piscina, de frente, entre la valla, el mar. Grandes terrazas blancas quedan a mí lado mientras vuelvo a subir los 10,5 metros que me separan de la plataforma de los toboganes. Mi hijo mayor me acompaña para tirarse por el rojo o el amarillo. Le gustan las vueltas. Mi hijo pequeño me saluda desde la piscina infantil. Y ahí estoy, otra vez haciendo fila. Ahora sí veo el mar. Siento su aroma y el calor andaluz. Música y baile en la piscina. Gente disfrutando, bailando, comiendo, desconectando.
Y después del baño, una partidita de minigolf. No es que sea muy buena pero mientras no nos llevemos un palazo no vamos mal. Y ahí mirándonos, Playa Mojácar Aquapark.
Tengo hambre. Mi crepe de postre me espera. Los niños esperan a Delfi para bailar con él. Mi espectáculo de 10 y mi cama grande, cómoda, perfecta. No puedo estar mejor…
– ¡¡Mamaaaaá!! ¿Me quieres hacer caso? Pero entonces, ¿no te vas a tirar ni una sola vez? Maaaami… ¿Te has dormido?
– … – abro los ojos y suspiro.
-Leticia C.