
Al final todos encontramos la manera de estar en paz en equilibrio con uno mismo. Sonia sabía que este año de sucesivas desgracias no le iba a permitir sentirse en bien con ella misma pero realmente necesitaba una salida de esa espiral de negatividad que la absorbía día tras día.
Sin pensarlo dos veces Sonia cogió su mochila infinita y la lleno con todo lo necesario, os llegaría a sorprender lo que cabe en esa pequeña de color grisáceo desgastado por el paso de los años. A veces hay objetos que nos acompañan en nuestras vidas y no le damos la trascendencia de lo realmente son. Pero esa mochila había sentido lagrimas sobre sus hombros, risas por doquier, noches eternas y paseos hacia bosques frondosos y playas solitarias.
Sonia salió de esa Barcelona que tanto le asfixiaba y con su Scooter, recorrió carreteras infinitas mientras que a sus espaldas dejaba las luces y el caos de aquella ciudad y todo lo había vivido ese año. Muchas veces la soledad se asocia a algo negativo, pero comerse los mosquitos mientras conduces, perderse para encontrarse y hablar con una misma también puede ser una vía de sanación.
Después de ese largo trayecto, llego a su destino, el tiempo no acompañaba y a pesar de ser finales de agosto las nubes habían cubierto la luz del sol toda la semana. Lo primero que sus ojos marrones vieron fue un gran edificio rodeado de césped y ese olor característico a hierba ya le lleno los pulmones y el alma. El hotel Montanyá se caracterizaba por estar en las faldas del Montseny, pero lo que más le llamo la atención a Sonia fueron sus colores de la fachada unos tonos rojo teja y naranja, claro que destacaban y quedaban en equilibro con ese paisaje tan peculiar.
Al entrar le recibió una señorita de cabello liso, con una sonrisa en la mirada que hasta Sonia confirmó que ese era el lugar que necesitaba. Después de hacer todos los trámites necesarios, Y con la incertidumbre de encontrar su habitación recorrió los pasillos decorados, leyendo número tras número hasta encontrar su habitación. Sonia accedió a ella con su llave y una esa sensación de paz recorrió su cuerpo al ver una pequeña habitación bien arreglada y con vistas a esos jardines tan cuidados.
Después de abrir todos los armarios, mirar por la ventana, saltar sobre la cama y ponerse cómoda; decidió darse un baño, el agua tiene eso mágico que te sana y limpia las heridas. En ese momento en la piscina había una pareja de ancianos, disfrutando de ese oasis de paz. Poco a poco sentía que se encontraba a ella misma, que los pensamientos negativos se mezclaban con esa agua. Ese espacio le permitió separar los problemas en trocitos como de una tarta se tratará e irlos gestionando bocadito a bocadito.
Lo que Sonia nunca se esperaba es que después de cenar decidió dar un paseo por esos jardines y el cielo le dio una tregua y pudo disfrutar de una noche que nunca olvidaría. Un cielo rebosante de estrellas y la pequeña brisa de la montaña la acompañaron. Sin poder evitarlo las lágrimas brotaron de su cara y todos los nudos de su estómago, cabeza y corazón se iban deshaciendo igual que su tensión iba desapareciendo de su cuerpo.
Sonia encontró su lugar de paz y siempre que está agotada del caos del mundo, recorre con su scooter la carretera hasta esa construcción de colores pastel con jardines verdes que le llena de paz y equilibrio.
-Sara G.