
Desperté en la habitación 022 de unos de los hoteles del Senator Hotels & Resorts , con el sol colándose a través de las cortinas de terciopelo, bañando la habitación en una luz dorada. Estaba ligeramente desorientada. Recordaba la fiesta de la noche anterior, una gala temática de superhéroes en el gran salón del hotel, donde todos los invitados iban vestidos como sus personajes favoritos de cómics. Yo había ido como Wonder Woman, con mi traje rojo, dorado y azul reluciente. Pero lo más memorable de la noche no había sido la fiesta, sino él.
Lo vi por primera vez junto a la barra, con su capa roja ondeando ligeramente cada vez que alguien pasaba demasiado rápido. Alto, rubio y con un porte que lo hacía destacar entre la multitud. Su disfraz de Thor era tan realista que no podía apartar los ojos de él. Y, cuando nuestras miradas se cruzaron, una chispa pasó entre nosotros que me hizo olvidar el resto de la noche.
Me estiré en la cama, recordando cómo había terminado la noche: él y yo en una conversación que se prolongó hasta la madrugada, compartiendo risas y confesiones en una de las terrazas del hotel. Su nombre era Rodri, pero con su actitud desenfadada y sonrisa sincera, «Thor» le quedaba mejor. Antes de despedirnos, me dejó una nota deslizándola entre mis manos, que decía: «Nos vemos en la piscina a las 11. Prometo sorprenderte.»
Miré el reloj. Eran las 10:45. Brincando de la cama, me arreglé lo mejor que pude y bajé corriendo, con el corazón latiendo con fuerza de anticipación.
Cuando llegué a la piscina, lo vi inmediatamente. Estaba de pie junto a la fuente central, sosteniendo un ramo de flores que no encajaba para nada con su poderosa presencia, y eso lo hacía más encantador aún. Me acerqué y antes de que pudiera decir algo, él sonrió y me ofreció las flores.
—Buen día, mi princesa guerrera. —Su voz era profunda y resonaba con una calidez que me hizo sonreír automáticamente.
—Buen día, dios del trueno —respondí, tomando las flores y disfrutando del aroma dulce.
—Te tengo una sorpresa —anunció, con un brillo travieso en los ojos—. Sígueme.
Lo seguí a través de los pasillos del hotel, preguntándome qué estaría tramando. Me llevó hasta un ascensor oculto en un rincón que nunca había visto antes. Pulsó el botón de la azotea y, con una sonrisa cómplice, nos quedamos en silencio mientras el ascensor subía lentamente. Mi mente comenzó a divagar con todas las posibles sorpresas que él podía tener preparadas.
Cuando las puertas se abrieron, me quedé sin aliento. La azotea del Senator Marbella hotel se había transformado en un jardín celestial. Había luces colgantes brillando entre las plantas, flores exóticas decorando cada rincón y una mesa de madera rústica en el centro, adornada con velas encendidas. Desde allí, la vista del océano era espectacular; las olas rompían suavemente contra la costa y el cielo estaba teñido de tonos dorados y rosados por el atardecer.
—¿Cómo lograste esto? —pregunté, impresionada.
—Un dios nunca revela sus secretos —respondió, divertido—. Solo quería hacer algo especial para una mujer que podría enfrentarse al mundo entero y aun así lucir impecable.
Nos sentamos y él sacó una canasta de picnic, de la cual empezó a sacar todo tipo de delicias: frutas frescas, quesos, pan recién horneado y, por supuesto, una botella de vino.
—Rodri, esto es… increíble. —No podía dejar de sonreír. La atmósfera, su atención al detalle… todo parecía salido de un sueño.
—Cuando te vi anoche, supe que había algo especial en ti —dijo, sirviendo dos copas de vino—. No solo por el disfraz —añadió con una risa ligera—, sino por cómo te manejabas en la pista de baile, como si realmente pudieras llevar un lazo de la verdad y atravesar cualquier obstáculo.
Me reí, pero había una sinceridad en su voz que me dejó tocada.
Pasamos horas allí, conversando bajo las estrellas que empezaban a brillar. Hablamos de todo: nuestros sueños, nuestras vidas, y cómo dos personas que venían de mundos tan diferentes podían tener tanto en común. Cada vez que reía, sentía que una corriente cálida pasaba por mí, y cada vez que él me miraba a los ojos, sentía como si el tiempo se detuviera.
En un momento, el viento se levantó ligeramente y él, sin pensarlo, se quitó su capa roja y la colocó sobre mis hombros.
—Puede que no sea digno de levantar el Mjolnir —dijo con una sonrisa juguetona—, pero haré todo lo posible para hacerte sentir protegida.
Fue un gesto simple, pero lleno de significado. Nos quedamos en silencio, mirándonos, y de repente me di cuenta de que esa chispa que había sentido al verlo por primera vez no era mera coincidencia. Era algo más profundo, algo que crecía con cada palabra y con cada momento compartido.
Cuando la noche se oscureció y las estrellas se volvieron más brillantes, él se acercó un poco más.
—Gracias por dejarme sorprenderte hoy —dijo suavemente, sus ojos reflejando las estrellas—. Espero que haya más oportunidades de hacerlo.
—Yo también lo espero —respondí, sintiendo mi corazón acelerarse.
Y ahí, en la azotea del hotel, bajo un cielo lleno de constelaciones, nos besamos por primera vez. Fue un beso suave, lleno de promesas de aventuras futuras y de un amor tan poderoso como el trueno.
Esa noche, no fue el disfraz de Thor el que lo convirtió en un dios a mis ojos, sino su capacidad para hacer que un simple día se convirtiera en algo mágico. Y así, en ese rincón escondido del hotel, nació una historia digna de una película, una que no olvidaré jamás.
-Nazareth G.