
Como por casualidad tuve la oportunidad de alojarme, ya hace algunos años, en el Hotel Senator Parque Central, en Valencia. Fue un viaje que hicimos mi esposa y yo, para visitar a unos familiares.
Desde el primer momento nos encontramos atrapados por el ambiente agradable que se respiraba en aquel establecimiento, por el trato amable que recibimos de todo el personal, por la comodidad de la habitación que nos asignaron, por la ubicación del hotel relativamente alejado del centro de la ciudad pero, al mismo tiempo, muy cerca de todo lo que nos interesaba visitar. Desde aquella primera vez, Senator Parque Central ha sido nuestra casa en Valencia, y allí hemos acudido cuando lo hemos necesitado con la confianza de sentirnos cómodos y perfectamente atendidos. Y seguimos, a pesar del descubrimiento que posteriormente hice yo, o tal vez por eso, en la misma dinámica. Explicaré, si me es posible, los antecedentes.
Observamos, desde el primer momento, un detalle que nos pareció interesante, aunque al principio no le dimos la importancia que se merecía, ya que lo ubicamos en el apartado de cosas normales: la limpieza de los espacios comunes era extraordinaria. Todo brillaba como nuevo, emanando una especie de destellos que nos parecieron irreales. Pero no lo eran, no podían serlo. Todo estaba allí, podía verse y tocarse. Sin embargo, cada detalle daba una extraña sensación de magia extrañamente inquietante, y al mismo tiempo muy estimulante. Esa sensación nos supuso, desde el primer momento, un aliciente añadido para alojarnos, cuando la ocasión lo requería, en el hotel.
No fue hasta nuestra última estancia, el pasado año, que me fue dado descubrir el motivo de aquella, supuestamente irreal, limpieza. Fue muy entrada la madrugada cuando un extraño sonido que parecía provenir de mi propio sueño se empeñaba en despertarme sin conseguirlo del todo. Hice un esfuerzo por deshacerme del sueño y fui consciente de que una música muy sutil flotaba en el aire, siendo como parte de él. Escuché con más atención intentando averiguar su procedencia, pero no lo conseguía. Era tan suave y bella como un llamador de ángeles. Parecía, como he dicho, flotar en el aire, de tal modo que no se percibía sólo por el oído, sino que era asimilada por todos los sentidos de un modo muy difícil de explicar. Quise comentarlo con mi esposa, pero ella dormía profundamente y no la quise despertar. Así que me levanté para intentar encontrar una respuesta que aclarase la incógnita.
Pudo más mi curiosidad que el más elemental sentido de prudencia, que sin duda debería haber prevalecido. Pronto descubrí que no procedía de la pieza central de la habitación, tampoco del baño. Sin duda la respuesta habría que buscarla en el exterior. Con todo lujo de precauciones abrí la pueta. Lo que entonces vi, sin duda nadie lo va a creer, pero lo vi. No estaba dormido, tampoco había bebido nada especial aquella noche. Esto fue lo que vi: La música estaba creada mediante un extraño instrumento con ruedas mezcla de arpa y xilofón, que era hábilmente manejado por un hombre en apariencia bastante mayor, que yo había visto varias veces tras el mostrador de recepción, y que había llamado mi atención en principio por su aparente elevada edad, aunque allí nunca parecía hacer nada, sólo estar, como un pariente mayor que acude a su antiguo puesto de trabajo, o a su propia empresa, por entretenerse. La música que arrancaba a aquel instrumento estrambótico consistía en un sonido suave, como de un viento lleno de bellas sensaciones, algo muy difícil de explicar, e incluso de entender. A sus arpegios, como movidos por ellos, un nutrido grupo de personas procedían a limpiar los pasillos y demás elementos comunes del hotel. Lo hacían desplazándose, caminando, pero también elevándose en el aire, como extraños pájaros, para llegar a los puntos más alejados del suelo. No utilizaban detergentes, ni agua ni jabón. Cada miembro de aquel ejército de limpieza sólo llevaba una bayeta que desprendía un polvo o una luz dorada, lo que sin duda era el motivo del extraordinario brillo que ya antes habíamos percibido mi esposa y yo en todos los objetos.
Sin poderlo evitar, aquel insólito espectáculo me dejó paralizado, con los ojos abiertos como platos y la boca formando un «oooooh» que sólo sonaba en mi interior. Me hubiera gustado desaparecer de allí, pero sin dejar de ver aquel hermoso espectáculo y sin dejar de oír aquella música tan hermosa. Pero no podía moverme y fui descubierto. Hubo una sutil variación en la música y todos los ojos se dirigieron a mí. El músico me miró y con gesto amable dijo: «chissssss«. Lo entendí perfectamente. A continuación, cayó sobre mí una lluvia de estrellas que brotaban de las bayetas de los y las que limpiaban. Y una fuerza poderosa me movió de allí y me condujo hasta mi cama. La música cesó, pero yo ya no pude dormir. Insisto: YA NO PUDE DORMIR.
Por la mañana se lo conté a mi esposa. Ni que decir tiene que no creyó ni una palabra. Quise demostrárselo y fui con ella a recepción. Sentado en un taburete estaba el hombre que manejaba la música. Por más que insistí no conseguí de él más que leves sonrisas, hasta que al final me dijo:
– No lo ha soñado, estoy seguro. Esto sólo es una pequeña parte de la magia del Senator Parque Central. Pero no lo cuente. Nadie le va a creer.
Luego me guiñó un ojo, en un gesto no sé si de burla o de complicidad.
Y a tenor de ese gesto, hasta ahora que me animo a escribirlo no lo he contado a nadie. Ni he conseguido hablarlo seriamente con mi esposa, que me pone de los nervios con una sonrisa insultante. Sin embargo, estoy deseando volver. ¿Se repetirá la magia? Posiblemente no, pero yo sé que está allí. Yo la vi, y no estaba soñando.
-José A.