
¿Sabéis esa sensación de ir de vacaciones y pensar «Yo aquí me quedo, emprendo una nueva vida, pero mi sitio es éste»? Pues esa sensación tuvimos al estar en julio del 2023 en el Hotel Playaballena.
Al principio, la idea de estar todos juntos, cual comuna hippie en la misma habitación, no nos llamaba la atención, pero luego le fuimos pillando el tranquillo, ya que siempre había mil cosas que hacer. Mi hijo el mayor, ya tenía planificada la mañana en los toboganes y en las actividades del junior club; mi hijo el pequeño se despertaba con la ilusión de ir a su «mini cub», como decía en su lengua de trapo y con desayunar con su amigo Delfi, y mi marido y yo disfrutábamos en nuestras hamacas, jacuzzi o cualquiera de las vistosas piscinas. También he de reconocer que me hice adicta a las clases acuáticas, al tinto de verano…
Había días tan «agendados» que sólo coincidíamos en el buffet libre y me encantaba ver como casi nos pegábamos por hablar y contarnos como había sido nuestro día. Solíamos hacer alguna excursión por playas cercanas, pero siempre estábamos planeando a qué actividad del hotel iríamos al volver.
Pero no sólo nos sentíamos como en casa por todo lo que hacíamos en Playaballena, sino porque el personal era excepcional. Y no lo digo porque te hicieran la pelota como en otros hoteles o te pusieran la típica cara de «me he apretado mucho la coleta porque tengo que sonreirle al cliente, sí o sí», es que se veía que la gente estaba feliz con lo que hacía y no tenían que fingir nada. La primera persona que conocimos, se llamaba Cristina. Nos hizo el check in y cada vez que nos veía, nos preguntaba o se llevaba a mi hijo el pequeño a desayunar con Delfi. Siempre nos descubría actividades nuevas que ni habíamos visto o nos daba información de lugares para conocer.
Ese mes fue mi cumpleaños, y recuerdo como al llegar a la habitación, me habían preparado una sorpresilla. Para mi, esa fecha suele tener tintes tristes porque siempre me pilla fuera lejos de los míos y es difícil que sonría, pero me sentí como una niña pequeña porque no me lo esperaba (no haré spoiler de la sorpresa).
Y así fueron pasando nuestros días…cada uno de nosotros fantaseaba pensando a lo que se iba a dedicar en Playaballena, porque teníamos claro que no nos queríamos ir de allí. Mi hijo el mayor decía que él se iba a comprar un carro para vender los «pasteles Maribel» tan famosos por las playas de Rota, y que su campana sonaría más para hacerle la competencia. Mi hijo el pequeño decía que él quería ir al cole de Rota, y mi marido y yo fantaseábamos con hacer pulseras o rastas, nos daba igual, jejeje.
Este año, por circunstancias personales no hemos podido ir de vacaciones a ningún lado, pero tenemos tan interiorizado lo que vivimos el año pasado, que todavía seguimos hablando de la experiencia. De hecho, mi hijo el pequeño sigue canturreando las canciones que nos ponían allí los de animación y todavía se acuerda de la noche de magia a la que asistimos.
Gracias Playaballena por hacernos vivir un sueño, del que no hubiéramos querido despertar. Esas son las vivencias con las que uno se tiene que quedar y meterlas en la mochila de recuerdos, para llevarlas con nosotros siempre.
-Araceli P.