
Era pleno verano cuando decidí que mi perro Tito y yo necesitábamos una escapada. Después de mucho investigar, me decidí por el Hotel Playavera de la cadena Senator Hotels & Resort, un lugar perfecto tanto para mí como para Tito, que es un explorador incansable y amante de las aventuras al aire libre. La idea de pasar unos días en un resort junto al mar, con todas las comodidades, me pareció ideal.
Al llegar, el resort superó todas mis expectativas. Los jardines eran extensos y verdes, con senderos sombreados por palmeras que se extendían hacia la playa privada. Tito, emocionado, corría de un lado a otro, olfateando cada rincón con la energía y curiosidad que lo caracterizan. La habitación, amplia y luminosa, estaba equipada con una cama especial para él, un detalle que me hizo sonreír.
La primera noche, después de un largo día explorando, Tito se quedó dormido rápidamente mientras yo me relajaba en la terraza, disfrutando de la brisa marina. Sin embargo, a la mañana siguiente, algo extraño ocurrió. Al abrir la puerta para nuestro paseo matutino, Tito salió disparado hacia un sendero que no habíamos explorado el día anterior. Lo seguí, curiosa por su repentino interés.
El sendero nos llevó a una zona más apartada del resort, un rincón que parecía olvidado por los demás huéspedes. Allí, escondido entre arbustos y flores silvestres, Tito comenzó a excavar furiosamente. Lo llamé, pero él seguía concentrado en su tarea. Finalmente, se detuvo y comenzó a ladrar con entusiasmo, su cola moviéndose como un torbellino.
Me acerqué para ver qué había encontrado. Para mi sorpresa, había desenterrado un objeto metálico, cubierto de tierra y musgo. Lo limpié con cuidado, revelando una vieja caja de lata, decorada con motivos marinos. Tito, siempre curioso, seguía olfateando alrededor, como si supiera que habíamos hecho un descubrimiento importante.
Abrí la caja con cuidado, y dentro encontré una colección de cartas y fotografías en blanco y negro. Las cartas, amarillentas por el paso del tiempo, estaban escritas en una caligrafía elegante y detallada. Eran cartas de amor, enviadas entre dos personas que se habían conocido en ese mismo resort hacía más de 20 años. Las fotografías mostraban a una pareja joven, sonriendo y disfrutando de su tiempo juntos en las mismas playas y jardines que ahora explorábamos Tito y yo.
Decidí llevar la caja a la recepción del hotel, donde el gerente, sorprendido por el hallazgo, me explicó que esa parte del resort había sido renovada varias veces, pero que nunca antes habían encontrado algo así. Las cartas y fotos eran de un huésped habitual del resort, un hombre que visitaba cada verano esperando reencontrarse con su amor perdido. Según la historia que el gerente recordaba, nunca más se volvieron a ver, y el hombre dejó de venir al resort poco después.
La historia me conmovió profundamente, y decidí que las cartas debían regresar a su lugar. Así que, esa noche, con la luz de la luna reflejándose en el mar, llevé la caja de vuelta al rincón donde Tito la había encontrado. La enterramos nuevamente, dejando un pequeño recuerdo de esa historia de amor para que siguiera siendo parte del resort.
Al día siguiente, mientras nos preparábamos para partir, Tito parecía especialmente contento, como si entendiera que habíamos hecho algo bueno. Mientras nos alejábamos del Playavera, con el sol naciente iluminando el horizonte, no pude evitar pensar que el destino nos había llevado allí para descubrir esa pequeña cápsula del tiempo.
Y así, nos fuimos, con la promesa de regresar algún día a ese rincón especial, donde Tito, con su instinto y curiosidad, había desenterrado un pedazo del pasado, recordándonos que cada lugar tiene sus historias, solo esperando ser descubiertas.
-Fani